Papel fotoinsensible

La próxima vez que nos veamos,
recuérdame que te recuerde
que nos vamos a olvidar.

Que mañana sus sonrisas,
sus torsos y sus guitarras,
su olor y su estar,
huirán de nuestra retina.
Y el alcohol mezclará
con aromas dulces
su impresencia, su pesar,
a pesar del esfuerzo por concretar,
por que nos acompañen sin esfuerzo
recuperando en una foto mental,
las imágenes que nos dieron la mano,
que movieron mi estómago
e hicieron a mi vagina gritar.

La nebulosa que oscurece mi existencia pasada,
la que ilumina mis experiencias presentes
y que convertirá en vacío absoluto el futuro.

La memoria.
Quien soy,
quien somos,
convertidos en sombra por la química orgánica.
Por la naturaleza.
La cruel que nos permite disfrutar
para arrebatar.
Que solo una sombra de lo que fue
nos diga lo que somos,
los recuerdos fotografiados en el cuarto oscuro de nuestras entrañas.

La nada corpórea
de todo lo que hay.

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Lindy hop metal

Ahora de hace tiempo estaría escuchando rock acústico

en un bar lúgubre con deidades sonoras y estatuas de plástico.

Duendes, demonios, bustos y sirenas.

Y aquel sofá donde tu chico y tú

discutíais sobre diabetes

y la profilaxis antiparálisis

de seguir adelante y celebrar cada vuelta del eje,

cada circunferencia del cielo,

cada año y cada día

para girar 365 grados

pero sin volver al mismo sitio,

nunca estando quietos.

Un bar lúgubre con risas y música en directo.

Un bar lúgubre lleno de alegría, cadenas de cuero,

tatuajes y piel con agujeros.

Agujeros que nos recuerdan que somos finitos

pero que nuestra alma es imposible de perforar.

Te me grito desde la distancia del tiempo,

que quememos esa absenta

y berreemos sobre el roído sofá,

porque quizá,

ése era el último giro en que coincidamos,

llenas como estábamos

de felicidad.

Rupturas electorales

Se enamoró. Se enamoró de una forma que nunca había imaginado posible. Su sonrisa, su tacto cálido, su aspecto de yerno perfecto. Su imagen responsable. Su cuerpo… oh, su cuerpo.

Decían de él que era una veleta, que de donde venía conocían su peligro, que solo pensaba en sí mismo. Un canalla de libro.

Pero se enamoró, vio en él la posibilidad de crecer, de ser más grande. No había motivo para creer eso, los números lo negaban, pero no podía dejar de pensar que seguían la misma meta, que juntos llegarían a ser más que su suma.

Fue doloroso, lo intentaron contra viento y marea. El público ya conocía de su amor aparentemente mutuo, pero muchos de sus amigos no lo entendían. No veían esa grandeza. Empezaron las descalificaciones, empezó ese odio que sólo puedes tener por quién te ha llenado de locura. Y el rechazo.

Como quien se come una hamburguesa solo para joder a un vegano, intentó ocupar su mente y su corazón con la imagen opuesta a su verdadero amor. Hacerle daño y ponerle celoso. Pero la única persona herida en realidad fue él. Sus colegas vieron en este cambio una mejora, la posibilidad de pasar página y olvidar semejante desliz, recuperar unos principios que creían perdidos. No sería el yerno perfecto pero, con voluntad, juntos podrían hacer algo grande.

Él no lo olvidaba. Cada paso que hacía avanzar su nueva relación lo alejaba del aliento que añoraba. A cada paso se sentía más atrapado. La pasión hacia quien había perdido se iba sustituyendo por el asco a su actual pareja. Daba igual, le exigiera o le diera espacio, compartieran sillones o vivieran en barrios diferentes, sólo sentía asco. Se sentía manipulado, como si su propia estratagema se hubiera vuelto contra él.

Esta unión no sólo era difícil para él, todo el establishment se oponía. Nunca había querido tener que llevar a cabo esta lucha, pero mucho menos habría imaginado hacerla con semejante compañía. Él no quería que nada cambiara, él quería volver a hace cuatro años, tres, los que fueran, y que nada, nunca, cambiara.

Querer sin querer queriendo

Amo a una mujer libre,

ambas odiamos las cadenas

pero cada día sigue

con ofrecerte mis muñecas.

 

Suplicante y deseosa,

olvidándome de quién soy

pero peor, también de quién eres.

Te quiero libre,

no te quiero emparejada

con una esclava.

 

Nos despedimos de la mano sonriendo,

te dije que te echaré de menos.

Me devolviste la sonrisa y dijiste que tú no.

Que es natural caminar conmigo,

fácil reencontrarnos.

Natural deshacer el camino

y recuperar el tiempo perdido,

como si no se hubiera ido a ningún sitio.

Te sonreí, me tragué mis palabras,

notando mis latidos en la garganta.

 

¿Sabéis cuando el médico dice que algo escuece?

No que duele, que escuece.

Sea un pinchazo subdérmico,

una punción lumbar o sorber

un pedazo de médula ósea.

 

Cada palabra que decías,

escocía.

Cada palabra arrancándome la piel,

pero nada, solo un pelín.

Con la misma tranquilidad

con la que me hablas a mí:

Rutina,

y un gajo de carne se desprende.

Natural,

y un ojo se me cae.

No te echaré de menos.

No te echaré de menos.

 

Ojalá poderte amar como tú.

Con la cabeza y sin el corazón,

guardado a resguardo

fuera de peligro.

 

Pero qué quieres que haga

si fuiste tú quien aplicó

lubricante, áloe vera, pegamento.

Y un beso.

Cirujana sin el pijama del hospital.

Sin el pijama.

Sin…

Piel con piel.

Quien lo curó sin saberlo.

Pero para la intervención

dejé todos mis órganos expuestos.

Mis entrañas en el suelo.

 

Ojalá poderte querer como tú.

No como maestra,

sino compañera.

No como diosa,

sino amazona.

No como guía, sino camarada.

Ojalá quererte sin querer.

Ojalá quererte como quien no quiere.

Ojalá quererte sin querer queriendo.

La nieve de agosto

Eres la nieve de agosto, la nieve que no me esperé cuando no debía estar. El amor de un desamor, el desamor que compartió mi amor.

Hablando en plata, la ex de mi ex.

 

Labio compartidos,

labios divididos, mi amor,

pero son tus labios menores divididos y separados por mi lengua.

Puedo hablar, y demasiado, de tus genitales, pero es que mi alma vive entre tus piernas, mi cuerpo entre tus pechos, mis ojos en tu sonrisa.

Y desde aquí abajo, de pie pero de rodillas,

recuerdo cuando iba a misa con mi padre,

sintiendo una adoración que creía dirigida

a un dios de turno,

me olvidé por un momento, que duró una vida,

que aquí de pie de rodillas,

adoro a ese dios, que fue mi diosa,

que no fue de turno,

fue mi eternidad,

instantánea.

 

Tu nombre una traducción moderna de un idioma antiguo, una anomalía. Algo que define a la propia Fortuna.

Una traducción comprometida y antisistema, como la nieve en agosto.

Una traducción artificial, pero hecha de lo más humano.

Recuerdo cuando aplaudía, usando tus manos.

Recuerdo el tiempo que te olvidaba.

Recuerdo el tiempo que te olvidaré,

y no hay película que más miedo me dé.

La peor pesadilla, olvidarte.

 

Y lloro de risa con cada detallito que te exaspera, que si este libro que te compro, que si esta birra que te regalo, que si esta infancia perdida y recuperada y compartida.

Miles de años más de sabiduría, sabores que saben a diosas paganas. Experiencias tuyas que me enseñan, que crecer solo es tener curiosidad, no saber nada y desear saberlo todo, sin parar, sin jamás perder el desconocimiento.

La ignorancia más sabia y más infantil.

 

La pesadilla desaparece al pensar en tus besos,

pero tiemblo de miedo de decir en alto que te deseo,

Que este sinsentido es tó pa’ ti.

Que lloraré al recordar lo que perdí,

lo que quizá nunca pudo ser.

Lloraré cuando no te ame.

Lloraré cuando te vayas.

Lloraré cuando al fin crezca,

y la sabiduría de la infancia

dé paso al cinismo de la edad.

Lloraré como una imbécil.

 

Espero compartir tus labios,

labios divididos, mi amor.

Tu sabor para siempre en mis papilas gustativas.

Fotografía sin papel

Cada instante de estos días merecería su propio marco y su propio espacio en la pared. Tengo la mala costumbre de olvidar con facilidad momentos que quiero conservar, con sus sensaciones y sus detalles, su cronología y orden. He descubierto la escritura hace poquillo porque estoy yo muy avanzada, que para algo he estudiado:

Mi cucoso churro vino a recogerne a la estación el día 30 por la noche. Para recogerme o para ayudarme con las toneladas de equipaje que no me olvidé en Zaragoza. Que no me cayera en ese trayecto es sólo consecuencia de tenerlo de mula de carga, se hace querer.
Dejamos todo en mi agujero hobbit y fuimos a probar un sitio que está a minuto y medio de mi portal. Después de dos años y pico viviendo ahí lo descubrimos cogiendo un camino alternativo del Carrefour a mi casa. Es una pequeña pizzería, estaba cerrada cuando la encontramos, pero a través de una ventana se veían mantelitos de cuadros rojos y blancos y, sobre todo, se colaba el dulce sonido de rock metal. Una mezcla tan cuqui prometía, así que aprovechamos esta noche para probarlo.
La mejor pizzería del mundo. Dos pizzas grandes vegetarianas dulces y saladas, masa fina y crujiente, postres caseros, pequeño, camarera atenta pero sin acosar y recomendaciones geniales. A pesar de tener una música normalilla, no nos decepcionó.
De vuelta a casa hice pase del modelito de noche vieja, para que el muchacho lo viera, que pasaríamos la noche siguiente separados y no podía perderse verme cubierta de purpurina con medias peras fuera. Hizo un par de fotos chorra, probablemente en alguna salgo con la legua fuera chupándome la nariz. I can’t help it.
Esquivamos las toneladas de equipaje que no me dejé en Zaragoza y nos pusimos a hacer el tonto en la cama. Con hacer el tonto me refiero a follar. Con en la cama me refiero a en la cama, que ya no duermo en el suelo y está bien especificar.

Al día siguiente el muchacho cuqui tenía que despertarse algo pronto para currar, sólo necesitaba el ordenador pero prefería hacerlo tranquilo en su casa, así que pusimos el despertador. Lo volvimos a poner después de ignorarlo con desprecio. No lo volvimos a poner después de ignorarlo con desprecio de nuevo.
Hasta las doce estuvo trabajando tumbadico en la cama mientras hice el desayuno y ante todo, no ordenaba la casa ni las toneladas de equipaje que no me dejé en Zaragoza.
Hicimos un poco más el tonto en la cama y nos despedimos y deseamos otro feliz año.

Me acababa de levantar como quien dice, así que no me enteré de las horas que pasaban. Me metí a la ducha, hablé con gente cuqui enganchada al móvil, y me convencí de probar a hacer buñuelos de calabacín para la cena. Había quedado para comer con mi pareja de baile, una de las poquísimas personas que existen que es capaz de entender mis titubeos en el lindy como señales claras de líder. Hacía muchísimo que no la veía, ha hecho varios viajes desde la última clase de swing en la que coincidimos y había que ponerse al día. Y había que comer.

Salí tarde de casa para comprar los ingredientes que me faltaban para los buñuelos y para las pizzas que tomaríamos en casa de esta muchacha. Otra vez pizzas. Esa afirmación jamás será una queja.
Llegué a su parada de metro a las tres y algo, y ella consiguió salir del curro a las tres y mucho algo.

Comparte piso con unas seis personas. Creo, y sólo creo, que es una exageración, pero siempre hay mucha gente por ahí, y el rollo que hay huele a convivencia de la buena, a comuna, al sueño de cualquier poliamorosa, pero sin el sexo ni el compromiso. En ese momento no había nadie más.
Charramos, abrí un vino rosado y empezamos a preparar las pizzas. Long story short: apoyé la mano en el hornillo, el papel vegetal se incendió mientras metía la mano bajo el grifo sin enterarme de lo que ocurría, y la tercera pizza se carbonizó. Fue muy divertido, apenas hubo heridos. Somos un gran equipo.

Terminamos de comer a las cinco, y yo tenía que preparar la cena de las nueve, ducharme y arreglarme en mi casa, sumando el tiempo de los trayectos. Me dejaron la cocina para hacer lo mío y como muestra de gratitud dejaría la mitad de los buñuelos allí, si salían bien. Tardé muchísimo más de lo esperado. En el proceso la casa se quedó vacía por gente comprando decoraciones, se empezó a llenar, empezaron a ocupar la cocina y a freir a mi lado. Empezaron a neceitar los utensilios de los que me había apropiado, y a cobrarse con mi cena. Al parecer les gustaron los buñuelos.
Ya eran casi las ocho y yo olía a aceite y ajo, delicioso pero no muy elegante, así que me dejaron ducharme ahí. Les dí algo más de la mitad de buñuelos, por cuquis y porque no me cabían en el tupper. Paréntesis: ese tupper lo había llevado yo con los restos de un postre que hice, y que a uno de los cohabitantes del piso le supieron a marisco.
Me fui limpita de cuerpo pero hecha un cristo a mi casa para ponerme el modelito. Hasta donde yo sé, la pizza carbonizada se la quedaron para hacer un “a qué no hay huevos”.

Llegué a la cena una hora más tarde, pero a tiempo de probar la mejor lasaña de verduras. Era una cena con gente desconocida que baila swing nivel pro, pero estaba invitada por una de las personas más bonitas y fuertes que conozco, y además la creadora de dicha lasaña. Ya ahí, me enteré de que había un conocido más. Es al único al que le voy a dar nombre: Tragaldabas.
Mientras Tragaldabas engullía tapas, recalentaba platos y seguía engulliendo, mi amiga sacó de un estuche Cartas contra la Humanidad. Mis cartas eran terribles, pero no en modo bien, sino en modo partida de bridge victoriana. Había papelitos para que escribiéramos si nos sentíamos inspirados, pero la dueña sólo daba permiso para hacerlo cuando acabáramos una primera ronda, algo que Tragaldabas no acababa de aceptar. Fue probablemente el que mejor se lo pasó, tiene una risa explosiva, y para que lo diga yo el muchacho debe estar al borde de reventarse alguna bulla pulmonar. Más de una vez dijo en alto alguna carta que le había tocado, muerto de risa, mientras seguía comiendo.

Acabamos la primera ronda y mientras nos preparábamos las uvas, yo iba escribiendo soeces en los papelitos.
Descubrimos cómo encender la tele, la dejamos en tv3 y comí mis primeras uvas lejos de mi fanilia, rodeada de gente cuqui y desconocida. Después del brindis protocolario había que correr al móvil. Como medio minuto más tarde me llamó otro muchacho cuqui que vive en un huso horario ligeramente diferente para felicitarme muy entusiasta el año. Por qué hostias no se inventa ya el teletransporte. Empecé a notar una especie de subidón similar al m y una tristeza tan inmensa al no poder abarcar a tanta gente querida, que mi cabeza empezó a sonar así de cursi. Es un milagro que fuera capaz de controlar mi consumo de alcohol.

Hicimos media ronda más de Cartas, lo que nos permitieron los tocapelotas que ponían la tele, y fuimos al concierto de Andrea Motis a bailotear swing. Mi primera fiesta de swing, nivel 0 y haciendo de líder. Aún tardé en darme cuenta de que lo mejor era decir nivel 0 y follower, pero me lo pasé bien. Me lo habría pasado mejor si hubiera visto a alguien tan torpe como yo sin necesidad de ir al espejo, pero estuvo genial.

A las tres y media plegué, igual que el cucoso con el que había pasado la noche anterior y un muchacho-amigo-ex-ente extraño. El primero plegaba de verdad y el segundo parecía dispuesto a encontrar un sitio donde desayunar. Nos encontramos a bastante más de las cuatro y empezamos a caminar en busca de algún bar explotador. Afortunadamente para la lucha obrera no había casi nada abierto, pero el ente extraño iba cojo de tanto andar, yo tenía frío, y ambos empezábamos a tener sueño. Nos sentamos en un banco y nos pusimos un poco al día de las navidades y de la noche. Ofreció su casa de cafetería. Esa casa hacía casi dos años que no la veía, y creo que mejor entrar en ella intoxicada de sueño, que así los recuerdos hacen los mortadelos con más cariño.
Preparó el café para mí, porque obviamente él no iba a tomarse un café a las cinco de la nañana. El salón estaba cambiado del todo, no había juegos ni tele, y estábamos cansados para conversar con profundidad, así que cogió el portátil en búsqueda de algo tranquilo, divertido, simple. Acabamos viendo La vida de Brian bajo una manta. Fue la guinda inesperada del día.

Dormimos un par de horas y a las nueve y media volvía a estar en mi casa para seguir pasando el resto del día durmiendo y recogiendo las toneladas de equipaje que no me dejé en Zaragoza. Pero no me silencié el móvil.

A las once estaba como una rosa decidida a desayunar con el cucoso del principio del relato y su muchacha, de nuevo con el subidón y bajona del m imaginario. La mañana fue pijama y concierto de año nuevo, que en dos cafés se convirtió en Pitch Perfect. Comimos mermeladas riconudas, quesos de su cena y buñuelos de la mía, y vimos Begin Again. Después ella se puso a trabajar y yo dormí un poquillo. Pero no acabó la tarde hasta preparar una fondue de chocolate con frutitas.
A las ocho me morí, algo febricular sin ganas de abrir los ojos después de cada parpadeo y decidí que lo mejor era empezar el camino de vuelta a casa. Fue un día de tranquis que por nada del mundo habría cambiado por quedarme dormida en casa. Bendita vibración inoportuna del móvil.

Llegué a casa y las toneladas de equipaje que no me dejé en Zaragoza me prohibieron irme a dormir hasta que no convirtiera mi agujero hobbit en un sitio habitable. A las once me fui a mimir.
A las siete y media me he despertado para ir al curro. That’s my kink.

El cuñado a caballo

Ladran, luego cabalgamos.

Cabalgamos porque cada ladrido nos da alas, cada gesto o grito de odio nos alimenta, cada minuto de protagonismo que consiguen nos espuela para cabalgar. Y seguiremos cabalgando a pecho descubierto y pezones de hombre, cabalgando sobre la desigualdad, sobre la violencia impune, sobre la injusticia, sobre la identidad y la patria.

Cabalgando sobre aguiluchos.
Cabalgando sobre la homofobia, cabalgando sobre un planeta terminal, sobre un pulmón rendido a intereses capitalistas, sobre vallas en el campo y esquinas cubiertas con meados de manadas patriotas.

Cabalgaremos zancadeando refugiadxs, pisoteando el feminismo y llamando adulación a una violación.
Cabalgaremos para que nadie pueda caminar.